jueves, 20 de agosto de 2026

Trabajando con ChatGPT: una experiencia intensa del siglo XXI

Introducción

Esta introducción al artículo resume dos historias que, con trabajo y colaboración, terminaron por transformarse en una sola.

La primera trata de cómo una persona como yo, sin formación en programación, puede, de la mano de una inteligencia artificial, transformar ideas en desarrollos útiles.

La segunda trata sobre la aplicación que surgió de esa experiencia: CardioRegistro. Una herramienta pensada, en primer lugar, como una ayuda personal para facilitar el registro de las mediciones hogareñas de la presión arterial y, al mismo tiempo, para permitir que el médico acceda a esa información de manera ordenada y comprenda rápidamente la evolución y la situación del paciente.


A mis 76 años puedo decir que me ha tocado vivir como usuario buena parte de la historia de las computadoras personales. A lo largo de esos años también he participado en diversos proyectos personales y profesionales que requirieron el desarrollo de aplicaciones informáticas. Esas experiencias me permitieron trabajar durante mucho tiempo con analistas y programadores, aprendiendo poco a poco cómo traducir ideas en un sistema capaz de resolver problemas concretos.

Nunca perdí el interés por transformar algunas de mis ideas en herramientas que facilitaran el trabajo de las personas. En distintos momentos imaginé aplicaciones para apoyar la capacitación laboral, la selección de recursos humanos o la toma de decisiones. Cada una de ellas exigía un largo proceso de conversaciones con quienes debían convertir esas ideas en un lenguaje de programación.

Con el tiempo aprendí que desarrollar una aplicación es mucho más que escribir código. Es comprender un problema, formular preguntas, ensayar soluciones, descartar caminos y volver a empezar. Esa experiencia me llevó a intentar entender cómo piensa un analista-programador para poder expresar con claridad qué necesitaba y por qué lo necesitaba. Siempre fue un aprendizaje enriquecedor.

Años después, mi actividad como docente de posgrado en Anticipación y Prospectiva Estratégica volvió a despertar ese interés. Una parte importante de esa disciplina consiste en ayudar a tomar decisiones con la mayor objetividad posible, algo bastante más difícil de lo que parece. De allí surgió una pregunta sencilla: ¿sería posible desarrollar una aplicación que ayudara a decidir utilizando un método ampliamente aceptado en el ámbito académico, como la ponderación?

Contratar un equipo de desarrollo estaba completamente fuera de mi alcance. Entonces apareció otra pregunta, mucho más desafiante:

¿Sería posible desarrollar una aplicación trabajando junto a una inteligencia artificial?

Hoy puedo responder con absoluta certeza que sí.

Pero mi mayor sorpresa no fue descubrir que una inteligencia artificial es capaz de escribir código. Eso, de algún modo, ya lo suponía.

Lo verdaderamente inesperado fue comprobar que el desarrollo terminaba pareciéndose mucho más a una conversación que a un proceso de programación.

En más de una oportunidad tuve que recordarme que, en realidad, del otro lado del teclado no había una persona.

Si tuviera que resumir la experiencia en una sola frase, diría que nunca tuve la sensación de estar programando una aplicación. Sentí que estaba trabajando con un colaborador que comprendía el problema, proponía alternativas, señalaba dificultades que yo no había advertido y, con frecuencia, enriquecía mis propias ideas.

Hubo otro aspecto que me llamó especialmente la atención. A diferencia de experiencias anteriores con desarrolladores, nunca tuve la sensación de que una modificación fuera recibida como una molestia o una carga adicional. Por el contrario, una propuesta casi siempre daba lugar a otra mejor. La conversación fluía de manera natural. Yo podía aceptar una sugerencia, modificarla o descartarla, y el trabajo continuaba sin fricciones. Todo ello utilizando un lenguaje cotidiano, comprensible y alejado del tecnicismo que muchas veces intimida a quienes no pertenecemos al mundo de la programación.

Después de aquella primera experiencia reuní el coraje suficiente para iniciar un segundo proyecto, esta vez orientado a un problema muy concreto: facilitar el registro domiciliario de la presión arterial.

Así nació CardioRegistro

Su objetivo es facilitar el registro domiciliario de la presión arterial mediante una herramienta sencilla, clara y respetuosa con el usuario. Organiza las mediciones realizadas con el tensiómetro personal y las transforma en informes de rápida lectura que ayudan al médico a comprender la evolución del paciente durante la consulta, preservando siempre su criterio profesional como responsable del diagnóstico y del tratamiento.

Pocos días antes de dar por terminada la primera versión estable tuve oportunidad de presentar la aplicación a una cardióloga. Observó atentamente los informes, conservó las copias que le llevé y me preguntó cómo podía mostrar la aplicación a otros colegas y a sus pacientes. No sólo valoró el trabajo realizado; también propuso nuevas funciones orientadas a facilitar aún más la evaluación clínica.

En ese momento comprendí que el proyecto había dejado de ser un ejercicio personal para convertirse en una herramienta que podía resultar útil para otras personas.

Aquella conversación también me enseñó algo importante. Yo había dedicado muchas horas a perfeccionar gráficos, métricas y detalles de presentación. Sin embargo, la médica apenas se detuvo unos segundos en el gráfico y volvió inmediatamente a los datos y al resumen. Entonces comprendí que el verdadero desafío no consiste en mostrar más información, sino en organizarla de tal manera que el profesional pueda comprender rápidamente la situación del paciente y dedicar la mayor parte de la consulta a aquello que ninguna aplicación puede reemplazar: escuchar, preguntar, explicar, aconsejar y decidir.

Ése terminó siendo, sin proponérnoslo, uno de los principios rectores de CardioRegistro.

Al mirar hacia atrás, descubro que este proyecto no demuestra únicamente lo que una inteligencia artificial es capaz de programar.

Demuestra, sobre todo, lo que una persona y una inteligencia artificial pueden construir cuando trabajan juntas con un objetivo claro, espíritu crítico, paciencia y la disposición permanente a aprender una de la otra.

Durante muchos años trabajé con excelentes programadores y siempre les estaré agradecido por lo que aprendí junto a ellos. La inteligencia artificial no borra esa experiencia; se apoya sobre ella y abre un camino diferente. No reemplaza la creatividad humana ni la experiencia acumulada. Las potencia de una manera que, hace apenas unos años, me habría parecido propia de la ciencia ficción.

Creo que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de crear.

No sé cómo será dentro de diez años. Lo que sí sé es que me alegra profundamente haber llegado a tiempo para vivir esta etapa y seguir aprendiendo.

Les presento, entonces, el fruto de esa experiencia compartida.

CardioRegistro.

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